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MONASTERIOS

Iesu Communio

Monasterio de La Aguilera

Como religiosas contemplativas, las hermanas nos sentimos llamadas a ser por entero de Jesucristo, a estar con Él y permanecer en vela para orar sin interrupción por los hijos que nos han sido confiados: “Que ninguno se pierda” (Jn 6, 39). Ser posada del Buen Samaritano, una casa abierta, donde los peregrinos sedientos y heridos puedan encontrarse con Jesucristo Redentor y experimentar que han sido acogidos en la oración y presentados al Padre, esperados como hijos por la Madre Iglesia; lugar de encuentro para avivar en comunión nuestra fe hasta hacer arder el deseo de santidad como plenitud de vida.

PATRIMONIO HISTÓRICO Y CULTURAL

El Santuario de San Pedro Regalado, cuyo nombre original es monasterio Domus Dei, es un cenobio dedicado a San Pedro Regalado, situado en la localidad de La Aguilera (Burgos). Tiene su origen en el siglo XIV, en una ermita erigida cerca del pueblo. Hacia 1404 se establecieron en ella el franciscano fray Pedro de Villacreces y otros compañeros suyos.

La nave central de la iglesia original del santuario está dedicada a la Anunciación de María:

  • La capilla de la Gloria, donde están enterrados Don Juan de Zúñiga y su esposa, y se encuentra el bulto yacente de San Pedro Regalado que culminaba el sepulcro original.
  • La capilla de San Pedro Regalado, de forma octogonal ovalada, con arbotantes y una destacada linterna terminada en chapitel. La construcción de esta capilla contó con la protección económica de Don Isidro de Zúñiga, sexto Duque de Peñaranda.
  • El camarín de planta poligonal con arbotantes, tras el retablo de San Pedro Regalado. En el centro del mismo hay un túmulo funerario que contiene la cenizas del santo y fue realizado en 1910 aprovechando los relieves góticos de la tumba original.

Como religiosas contemplativas, las hermanas nos sentimos llamadas a ser por entero de Jesucristo, a estar con Él y permanecer en vela para orar sin interrupción por los hijos que nos han sido confiados: “Que ninguno se pierda” (Jn 6, 39). Ser posada del Buen Samaritano, una casa abierta, donde los peregrinos sedientos y heridos puedan encontrarse con Jesucristo Redentor y experimentar que han sido acogidos en la oración y presentados al Padre, esperados como hijos por la Madre Iglesia; lugar de encuentro para avivar en comunión nuestra fe hasta hacer arder el deseo de santidad como plenitud de vida.

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